café

10 Jul A quién ladran los perros

He pedido una taza de leche y me han servido un café. Es el segundo en una hora.

Fui a un colegio de Jesuitas. Después, estudié seis años en una universidad del Opus Dei. Intento discutir lo menos posible. Antes, el hecho de que una persona hiciera pública su opinión me hacía sentir en deber de contestarla si la sentía injusta. Nunca pareció servir de nada. Ahora contemplo: lo que Pedro dice de Paco, dice más de Pedro que de Paco. Supongo que contestar me servía más a mí que a nadie.

Un amigo me dice que no soporta a la gente hablando de política en las redes sociales. Pienso en el botón de dejar de recibir notificaciones de esta persona, el bálsamo del guerrero. Pienso que a mí también me ocurre. Huyo de las apologías; de las contrarias por repulsa y de las afines por cansancio. A veces creo tener la razón, pero no motivos para usarla. Reniego de las batallas sin botín, sabiendo que no puedo jugarlas todas; aunque a veces me avergüence no morder. Trato de no definirme en contraposición a algo; tengo una opinión pero no la lanzo a la cara, o solo de vez en cuando y tratando de no concretar demasiado. Solo por cosas que importen. Supongo que esto es lo más parecido a la no agresión que voy a alcanzar, llevar el bozal flojo, pienso; mientras sorbo café con migas de croissant.

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Carlos Vior
Carlos Vior
vdevior@gmail.com

Busco un corazón y una plaza de MIR. Aquí quedan las reflexiones que tengo cuando no debería.

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