Amar en tiempos distópicos

21 Mar Amar en tiempos distópicos

Últimamente me ha dado mucho por replantearme aspectos personales sobre el amor. No es por ponerme romántico ni nada por el estilo, simplemente quiero alcanzar una actitud consciente respecto al amor sincera y libre de aspectos negativos. Eso me llevó a ver Her, una película de la cual solo sabía, por comentarios de buenos amigos y amigas, que mostraba el amor desde una perspectiva más bien introspectiva, reflexiva. Al verla llegué a conclusiones dispares sobre los temas que planteaba. Además, yo que tengo cierta obsesión con Black Mirror, no pude evitar relacionar la película con el primer episodio de la segunda temporada de la serie, Be Right Back. Y bueno, todo esto unido a las lecturas sobre sexualidad y amor que he hecho en los últimos años me ha llevado a intentar aclarar las pajas mentales –literales y figuradas– que la película plantea.

Para empezar quizá debería dar un resumen de Her y del episodio de Black Mirror, pero creo que si no las habéis visto no deberíais seguir leyendo. A no ser que seáis inmunes a los spoilers, desde luego. Por tanto, me lo salto y paso al gran punto en común entre la película y el episodio: las OS. Tanto el ¿clon? de Ash como Samantha son inteligencias artificiales –IA en adelante–, creadas a medida de los protagonistas en ambos casos.

Pero vayamos por partes.

Samantha está diseñada en función de las preguntas que el programa le hace a Theodore. Recordemos que Theodore tiene un gran problema emocional, sufriendo la separación con su anterior pareja.

Por otro lado, Martha en Black Mirror pierde a su pareja en un accidente de coche. Al no poder superarlo, se hace con una inteligencia artificial que emula a Ash.

¿Cuál es el problema en ambos casos? La concepción egoísta del amor. No me refiero a egoísta como si fueran unos acaparadores de atención o cariño, sino en un sentido ligado al ego, al yo. En El Arte de Amar, Erich Fromm cuenta que en la sociedad de su época –y en la actual, según yo lo veo– se distorsiona el amor que se siente hacia una o varias personas porque, en lugar de verlas como personas independientes –al igual que a uno mismo- se las concibe como parte del yo. No se ama a una persona como ente individual con sus propios pensamientos, problemas y complejidades; sino que se asume como parte del ego. Esto resulta en problemas de comprensión, en decepciones y en frustración porque no se intenta ponerse en el lugar de la otra persona sino que se la examina desde una perspectiva propia sin tener en cuenta la existencia de esa individualidad. Por ello, que esa persona desaparezca de tu vida no es una simple ruptura o distanciamiento, sino la extirpación de una parte de ti mismo.

Vemos cómo Theodore, tras romper con su pareja, sustituye el amor por videojuegos y porno. Lamentablemente, esto no es algo anormal. A día de hoy, es más que común no enfrentarse a las mierdas de uno mismo. Mejor mantenerse distraído. La cultura de lo inmediato y lo fácil se encargará de solucionarlo todo, o al menos de no hacerme pensar o encararme a mis miedos.

El vacío tras la desaparición –permanente o no– de la pareja – se llena con sustitutivos inmediatos que mantienen la mente alejada del problema. Llegados a un punto en el que esto no puede seguir así, la tecnología, adelantándonos por la izquierda, nos da la solución: la IA.

La IA, en ambos casos, no aparece en un momento de estabilidad emocional, sino que se accede a ella siguiendo la necesidad de suplir una carencia.

Theodore, en lugar de ser sincero consigo mismo y enfrentarse a sus miedos, compra a Samantha, que no es más que un desdoblamiento de su personalidad. El programa le hace preguntas a Theodore a partir de las cuales configurará a Samantha, por lo que no está hecha para ser otra persona individual, sino una inteligencia artificial asociada emocional e intelectualmente al comprador. Sus amigos y vecinos no le parecen suficiente.

Para qué molestarse en crear y consolidar relaciones sentimentales con otras personas imperfectas como tú.

Theodore termina descubriéndose a sí mismo a través de la IA, de “quien” se enamora. Se enamora de su humor, su ingenio y su apoyo, configurados para satisfacerle. Se enamora, así, de una mera versión compleja de sí mismo.

Martha no puede hacerse a la idea de no seguir compartiendo su vida con su pareja. En un principio, la posibilidad de crear una versión artificial de Ash le parece frívola, pero finalmente accede a ello y termina manteniendo largas conversaciones con “él” de una manera similar a la de Theodore. El nuevo Ash, en este caso, está creado a partir de lo que el original compartió en sus redes sociales.

amar en tiempos distópicos

Martha se enamora, o sigue enamorada, de una imagen de Ash. Una imagen que, finalmente, vemos no cumple sus expectativas.

Imágenes, egos y carencias. ¿Pero y los cuerpos? Es cierto que en Her no necesitan contacto corporal para sentirse, sino que la manera en la que sus pensamientos y emociones se entrelazan resultan en un sexo real, erótico, que choca frontalmente con el sexo de plástico que veía antes en el porno. Aquí parece que el pensamiento supera a la materia, al menos en el plano sexual, como piensa Nancy Mairs. Nancy es una autora con esclerosis múltiple que escribe sobre espiritualidad, sexo y experiencias relacionadas con su enfermedad. Debido a su condición, el sexo para ella dista mucho de ser algo meramente corporal:

Me parece que Her da en el clavo en este aspecto.

No obstante, el sexo –hacer el amor– sigue siendo cosa de dos. Lo de Theodore no deja de ser, en mi opinión, una paja mental. Literal y figuradamente.

Martha tiene una visión opuesta y compra un cuerpo para la imagen de Ash. Un cuerpo que no necesita beber, comer ni dormir. Un cuerpo que no está relacionado al sentimiento, sino que cumple las funciones que se esperan de él. Parece que la materialización de la imagen de Ash rompe los esquemas de Martha, quien acaba rechazándolo.

Abre los ojos, aunque luego los vuelva a cerrar.


Decía Dante en Martín (Hache) que hay que follarse a las mentes. No podría estar más de acuerdo. Ese grado de complicidad con una persona que permite que vuestros pensamientos se fundan y se nutran el uno del otro, que fluyan al ritmo de los cuerpos… Orgasmos, admiración, respeto, complicidad.

Pero también es torpeza, gatillazos, quedarse a medias e inseguridad. O quizá timidez, sequedad vaginal o eyaculación precoz.

La concepción del sexo –y el amor, por descontado– son parte de una vida imperfecta. Nosotros también.

“A final note about love: One remedy for the fear of not being loved is to remember how good it feels to love someone. If you’re feeling unloved and you want to feel better, go love someone, and see what happens.”

― Dossie Easton, The Ethical Slut : A Practical Guide to Polyamory, Open Relationships & Other Adventures

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Carlos Léaud
Carlos Léaud
carlosgonzalezsope@gmail.com

Escribo borracho. De lo que sea.

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