casualidad

19 May Causualidad

Para un ateo (me viene dado implícitamente en el nombre), es complicado explicar las casualidades cotidianas. Más si cabe cuando estas se entremezclan de manera sospechosa. Sin ir más lejos, todos hemos descubierto de Erasmus que tenemos amigos en común con gente de la otra punta de Europa. No obstante, las coincidencias a veces se encadenan y las costuras de nuestra realidad ceden, dejando al descubierto sus mecanismos. Es innegable: las casualidades son los hilos de un tapiz gigantesco. He llegado a la conclusión de que el trabajo del investigador es encontrar cómo se tejen en un determinado ámbito; del mismo modo que el poeta lo busca en el conjunto vital.

Hace poco deshilé un ovillo de azarosos hechos que, me da la impresión, trata de decirme algo; vosotros me diréis: una amiga empezó a leer la obra existencialista por excelencia, La náusea, de Jean-Paul Sartre (París, 1905 ― ibid., 1980). Le entraron arcadas y tuvo que dejar la ración a medias. Me lo enseñó y, como buen egresado en Traducción, consulté los créditos para ver quién lo había vertido del francés: para mi sorpresa, un nombre conocido, Aurora Bernárdez, traductora argentina del inglés y francés, además de la eterna mujer de Julio Cortázar, autor favorito de mi amiga y mío.

Poco después, me envió el artículo que su segundo autor favorito, Gabriel García Márquez, le había dedicado al primero cuando este falleció. En él se menciona que Cortázar (Bruselas, 1914 ― París, 1984) «[…] solía ir de vez en cuando a escribir en una mesa del rincón, como Jean-Paul Sartre lo hacía a trescientos metros de allí […]». Primera contingencia (doble, por otro lado): Sartre y Cortázar, en un París a rebosar después de la Segunda Guerra Mundial, en una calle de más de tres kilómetros, acaban creando casi codo con codo, en el mítico Les Deux Magots y el pintoresco Old Navy (lugar que, por curioso que resulte, vería años más tarde despadrarse en más de una cuarentena de veces a mi progenitor), respectivamente. Digamos que es normal que dos escritores, a mediados de los años cincuenta, frecuenten bares del Barrio Latino, hábitat de la bohemia de la época. Son cosas que pasan.

El otro día me planteé la posibilidad de que todos los cuentos de Cortázar tuviesen una conexión, de que se pudiesen ordenar de tal modo que se consiguiese una novela larguísima y sofisticada. Este pensamiento me vino al juntar La salud de los enfermos con Conducta en los velorios. Después recordé que Cortázar descansa (algún día se levantará, es un vampiro) junto a su última mujer, Carol Dunlop (me referí a Aurora como la eterna porque mantuvieron muy buen trato hasta el final y se encargó de gestionar su legado). En ese cementerio, entre tanto nombre conocido (Man Ray, Serge Gainsbourg, Susan Sontag, César Vallejo, Brassai o Simone de Beauvoir), uno me llamó en especial la atención: Jean-Paul Sartre. No muy lejos de donde escribían, están enterrados: en Montparnasse.

Me pregunto si se conocían (rebuscando para este artículo, he descubierto que en 1971 ambos condenaron la detención por parte del régimen cubano de Heberto Padilla), si se habían leído mutuamente. Tengo curiosidad por saber si alguna vez se cruzaron por la calle, si se reconocerían, si se saludaron: y de ser así, ¿cómo fue? Un parco «buenos días» (en francés, claro), un tajante «adiós» o una afectuosa conversación rutinaria en la que un día Sartre le propuso a Cortázar traducir su última novela y este declinó la oferta al estar cansado de traducir durante su jornada laboral en la UNESCO e inmerso en su propia obra, pero ofreció los servicios traductológicos de su mujer, igual o mejor traductora que él. Aún peor: tal vez se odiaban porque uno le quitó el rincón de escribir al otro (o el otro al uno) y el damnificado se vio obligado a cambiarse de café, a unos metros de su favorito.

¿Son demasiadas casualidades que dos de los intelectuales más relevantes del París de mediados de siglo, un francófono y un hispanohablante, dos comunistas, dos visiones antagónicas del mundo, un galardonado con el Nobel, que rechazó, y otro que bien lo podría haber ganado, si no por méritos propios, como heredero del merecedor Borges y precursor del boom, aunque hubiese aceptado a regañadientes por su repulsa a lo académico y solemne, un innovador de la filosofía mediante la literatura ya consolidado y otro que perfeccionaría el arte del cuento como inicio de su obra, creasen tan cerca el uno del otro; que la mujer del otro le tradujese la novela al uno; que, no lejos de donde encontraron su ser, acaben siendo (al menos físicamente) nada, enterrados en el mismo cementerio junto a sus esposas, que también desarrollaron un papel destacado en las letras de aquella época?

Es probable que estén tratando de decirme algo. Quizá la realidad quiera imitar un cuento cortazariano. Quién sabe. Tal vez no sean más que casualidades… o también puede ser que consistan en causalidades; que esa sucesión de hechos a priori fortuitos sea en realidad la repercusión de unos sobre otros; que, aunque pensemos que damos puntadas sin hilo, seamos nosotros mismos esos hilos, de momento invisibles pero a la larga coloridos, algunos más cortos o largos, más gruesos o finos, que nos vamos entrelazando y definimos el dibujo que los siguientes continuarán, cuyo resultado final será el tapiz de la Historia. No, no puede ser sólo casualidad, pero la causalidad atentaría contra libertad que tanto defendía Sartre. Dejémoslo en causualidad; dejemos que nos trence.

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Mateo Pierre
Mateo Pierre
mateo.pierre@gmail.com

Me dedico a jornada completa a la digresión. ¿Cómo no, si en su interior cabe, por lo menos, un imperativo, un reto, un adjetivo litúrgico, un primate, un orificio, una pregunta disyuntiva? Quería escribir algo simpático, pero mencioné un primate y me fui con él por las ramas. Esto es la prueba de ello.

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