Delitos y legado

03 Abr Delitos y legado | Cuando el lobo feroz era buen tío

Oh man, but I like chocolate ice cream. I don’t want it to rape.

Dave Chappelle: The age of spin

En su último especial para Netflix, el cómico afroamericano Dave Chappelle desarrolla una idea para una película de superhéroes. Su protagonista sería, asegura, mucho más poderoso que el mismísimo Superman. Podría volar, tendría fuerza sobrehumana, el pack completo. Su único problema: para activar sus habilidades debe tocar antes la vagina de una mujer. Nada demasiado prolongado, únicamente unos toques y ya puede salvar vidas.

Chappelle lo complica: el superhéroe es feo de narices y no puede decirle a las mujeres de qué va la movida. Así que si hay un incendio y él va por la calle, tiene muy difícil conseguir tocar una vagina y salvar a toda esa gente de morir quemada. ¿Sú única opción? Violar cuando necesite salvar. He rapes but he saves. Salva mucho más de lo que viola y viola solo cuando tiene que salvar. Esto, creánme, es gracioso cuando Chappelle lo cuenta sobre el escenario. No se fijen en lo siniestro que suena al ponerlo por escrito.

Por favor, sigamos. Porque resulta que Chappelle estaba hablando de Bill Cosby.

Cosby, admite el cómico, era uno de sus ídolos. Mucho antes, claro, de saber que había violado a cincuenta y cuatro mujeres. Pero para un joven cómico nacido en los setenta, Cosby era un auténtico héroe, como el de su ficticia película. Luchaba por una justa representación de su raza en todos sus productos. Había llegado a lo más alto, sus audiencias superaban a las de la Super Bowl. Primer hombre negro en ganar un Emmy. Donó millones de dólares a centros de estudios, convirtiéndose en responsable directo de que miles de jóvenes afroamericanos pudiesen acceder a una educación. Un legado que Chappelle considera valioso, a pesar de todo.

Manchester y Perugia

El de Cosby es un caso extremo, el paradigma de la popularidad convertida en aberración. Pero el debate es tan antiguo como la humanidad. ¿Pesa más el legado artístico o humanitario de una persona que sus delitos? Condenamos a Teresa de Calcuta por sus oscuras formas de proceder o la convertimos en santa por dar visibilidad a la pobreza. Le damos el Oscar a Casey Affleck por su actuación en Manchester frente al mar o desconfiamos de él para siempre por sus acusaciones de abuso sexual. Merecía Anthony Weiner ser alcalde de Nueva York por sus ideas progresistas o son el sexting y las mentiras suficiente para condenarlo.

No queda claro si a mayor contribución social es menor el impacto, o si debería serlo. Pero sí hay una postura que es válida en cualquier contexto. Debemos informarnos una y otra vez. Antes de opinar, investigar. Tan necesario es denunciar a aquellos que cometen crímenes, como tener clara la facilidad con la que una vida puede ser arruinada sin justificación. Cuando hacemos esto, al documentarnos, ocurre un proceso fascinante. Nuestra valoración corre a ocupar un segundo plano. De pronto, contamos con tal cantidad de información que el objeto de estudio se amplía. Los hechos lo convierten casi en un evento histórico, como la construcción de las pirámides o la batalla de Bailén. Los juicios, si bien todavía pertinentes, están por primera vez apoyados en un objetivo reposo.

Porque el tiempo es el otro factor indispensable, como ya saben, para calmar controversias y aportar la imparcialidad que se merece su análisis. La urgencia en la búsqueda de un culpable en una ciudad acomplejada por la atención mediática fue la principal responsable de las inexactitudes en la investigación del caso Amanda Knox, cuyos detalles recogía en 2016 un sobrecogedor documental para Netflix. La joven americana, acusada de asesinato en la ciudad italiana de Perugia, ve cómo su vida privada es expuesta en los medios, que han decidido narrar lo ocurrido mediante una morbosa consecución de titulares, renunciando a la búsqueda de la verdad.

Y es que este es el verdadero problema. Cuando el escándalo obstruye una verdad mucho más preocupante, pero menos atractiva para la prensa. Cuando se usa el ruido, voluntaria o involuntariamente, para desviar la atención pública. Así, Donald Trump gana las elecciones cuando su pelo y sus trajes ocupan las mismas portadas que su racismo y machismo. Así, nuestras libertades y derechos disminuyen cuando se habla de si Cassandra sería o no una maestra adecuada, en vez de fijar la atención en la decisión de un tribunal con respecto a la libertad de expresión en nuestro país. O así, dejando que el escándalo crezca, O.J Simpson es puesto en libertad, pues el debate sobre el racismo en la policía de los Ángeles gana importancia frente al asesinato de dos personas.

Ahora díganme que no saben por qué Amancio Ortega dona 320 millones de euros. Que parecen ustedes nuevos.

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Santiago Alverú
sgalveru@gmail.com

Una columna para gobernarlos a todos. Hablo de lo que haga falta. Un día me buscaré un trabajo de verdad, como aparejador, pero hasta entonces escribo aquí. Y vosotros estáis encerrados conmigo.

1Comment
  • Alberto Secades
    Posted at 13:47h, 03 abril Responder

    ¿De verdad no sabes de qué hablas?
    Hablas de libertad, hablas de verdad, hablas de conciencia.

    O, más viejuno todavía: hablas de moral y de virtud.

    Efecto colateral I: la fama te hace aparentar más sabio (y más viejo).

    Cuídate. Gracias.

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