El voyeur de Donosti

27 Abr El voyeur de Donosti (I)

Hoy voy a prescindir del kiwi, no vaya a ser que me juegue una mala pasada. Los sábados de partido me tiraba veinte minutos en el baño del vestuario antes de salir a la cancha y empuñar la raqueta. Pero oye, hacer esperar a una dama, nunca.

Antón se prepara el desayuno midiendo cada uno de sus movimientos/pensamientos. Kiwi no, tostadas con aceite sí. Nesquik muy pero que muy frío, que no falte. Mientras apura el último sorbo, corrobora que sabe llegar al lugar del encuentro. Según Google Maps, a 18 minutos  desde la puerta de su casa. Dos rociadas de colonia, cazadora de ante al hombro, casco y al ruedo.

27 de mayo. Hacía casi un mes que comenzaba su andadura por Tinder y el número de citas, sin contar la de hoy, ascendía a ocho. Dos por semana, no está mal, se dice regalando al retrovisor una irónica sonrisa. En realidad, Natalia no cuenta, y tres han sido con ella. ¿Demasiados encuentros en tan poco tiempo? Bueno, lo de hoy es un soplo de aire fresco. Aparca la moto sin dificultad en frente del Teatro La Latina. Mejor así, prefiero que no haya mucha gente, piensa. Apenas lleva dos meses en Madrid.

Antón prefiere quedar directamente para comer o cenar. No vaya a ser que no le entusiasme, y el tiempo apremia, dice. ¿O que le entusiasme demasiado? Pero siendo sábado, aceptó la propuesta de su acompañante. Primero tomarían una caña en El Viajero, para ir tanteando el terreno. Después, comerían a mesa puesta. Faltan quince minutos para las 12 y Antón toma asiento en una mesa pegada a la ventana. Aquí viene.

– Perdona el retraso. La última tanda ha tardado más de la cuenta, Manu se torció el codo subiendo una bici al camión. Y yo, como comprenderás, no iba a ponerme a cargar como una mula. Esos trastos con motor pesan un huevo.

– Oye, creo que…

– Además, se nos cruzó un tío de mantenimiento y tuvimos que tomar represalias. Solo estaba inconsciente, se despertará seguro. Así que ale, aquí tienes tu pasta. Con esto ya estamos en paz. También tu jefe podría haber elegido otro sitio un poco más cerca. Si se le ha hecho larga la espera, que se aguante. Adios.

Dejó un sobre naranja encima de la mesa y salió como un rayo. Antón lo abre. ¡Hostias! No había visto tantos moraditos juntos en su vida entera. Aquí debe haber por lo menos 10.000 pavos. Los ojos abiertos como platos. Decide cerrarlo y meterlo en el bolsillo de la cazadora. ¿Qué hago yo con este percal? ¿Quién era esa tipa? ¿A quíen ha dejado inconsciente? Entre pregunta y pregunta, su cita se sienta a la mesa. No la había visto llegar.

– ¿Antón?

– Ah hola, ¿Carla?

– Sí, encantada. ¿Estás bien? No tienes buen aspecto.

Asintió y desvió la conversación. Le preguntó por su trabajo. Ella le cuenta que es neumóloga en el Clínico San Carlos, segundo año de residencia. Él, recién llegado de San Sebastián para comenzar la especialidad de anestesia en el mismo hospital. ¡Estás de broma! Claro, el radio de Tinder es lo que tiene. Él que aprecia tanto su privacidad amorosa. Pues buena la hemos hecho, Antón, criaturita. Aún así, la chica le iba picando el gusanillo. Pelo ondulado castaño claro, tez curtida, ojos color miel (vaya ojos). Dientes blancos daban paso a una voz, pensó Antón, así como radiofónica. Daba gusto oirla hablar. Unas manos inquietas apoyaban su discurso.

Parecen estar sumergidos en la conversación. Sin embargo, Antón no deja de darle vueltas a lo sucedido antes de que Carla llegara. El susto dejaba paso a una curiosidad insaciable. Lo cierto es que es un cotilla nato. El voyeur de Donosti. Su fisgonería le había metido en innumerables embrollos a lo largo de su vida. Una debilidad. Su madre, alucinada con la obsesión, le había llevado a ver a un amigo íntimo psicólogo ¿Qué hago? Menudas ganas de ir a rastrear la zona, a ver si encuentro a la dueña del parné. No le hizo falta, atraviesa la entrada del bar a paso ligero.

Levanta a Antón en volandas del cuello de la camisa. Él se deja. Le dice que le devuelva lo que es suyo. Carla, atónita, testigo de la escena. Antón, que se viene arriba, que por lo visto ese sobre tampoco le pertenece a ella. Un lunar cercano a su nariz le recuerda a Veronica Sánchez. Su musa de la infancia. Eva, qué veías en Marcos Serrano. Le pareció gracioso adjudicarle el nombre. Esto no tiene ninguna gracia, recalcó ella. Escribe algo en el teléfono, y en medio minuto aparece el tal Manu. Rapado, cazadora de cuero que le sobra por todas partes. Susurra al oído de Antón:

– Arreando, vamos a arreglar esto a un sitio más tranquilo

– ¡Ea!

Manu: que qué hacen con la chica. Carla intenta darse a la fuga pero una mano huesuda en su hombro le devuelve a su silla. Eva: se viene, ha escuchado demasiado. Los cuatro, ellos delante, salen por la puerta del abarrotado local. Antón, protagonista de su propia película del sábado, se da la vuelta para guiñar un ojo a Carla. Dos minutos después, están sentados en el maletero de una furgoneta. Les requisan los teléfonos móviles. Antón y Carla, acompañados por varias bicicletas de BiciMad. Se miran. La adrenalina corre por las venas de Antón. El horror por las de Carla.

¿Te ha gustado? ¡Comparte!
Share on FacebookShare on Google+Tweet about this on Twitter
Carmela Suarez
Carmela Suarez
carmelasuarez23@gmail.com

En constante construcción hasta el fin de los días. Eso, y que nunca me ha gustado hablar de mí misma.

No Comments

Post A Comment