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05 Jul Gnosis

Ya está. Aquí es donde termina todo. Arriba, en el escenario, rodeada de compañeros de viaje que poco importan y un puñado de malnacidos dispuestos a aguantar otro de tus tortuosos recitales dios sabrá por qué razón. Aquí, sobre las tablas, sujetando el micrófono con los nudillos en blanco y la cabeza alta, recorriendo las miradas de quienes, sin saberlo, están a punto de presenciar el final de toda esta patraña, de todo este cabaret de plástico. Aquí, frente a tu último público, tanto o más anodino que todos los pijos a quienes les has truncado las cenas actuando de bar en bar, de restaurante en restaurante, y a quienes nunca les ha importado el peso de tu peluca, de tu ropa y de tu maquillaje. Porque pesan. Mucho. Al menos ahora mismo.

Ya está. Aquí es donde termina todo. Arriba, en el escenario, rota, agotada, irreconocible, y es que después de tantos años buscando a tu otra mitad supuestamente predestinada, te has perdido en el camino. Poco o nada queda de ti tras regalarte al mundo, ofreciéndote en pedazos a quienes te has cruzado esperando que los cuidaran, que los mimaran, que los amaran. No ha sido el caso. Ahora te yergues como buenamente puedes para ofrecer el último show con un cuerpo hecho girones, presentándote como un manojo incompleto de retazos cosidos casi con desprecio por manos ajenas. Cicatrices palpables, con forma y relieve por todo tu cuerpo, que recorren una piel desgastada e irritada por la coraza a la que te aferraste tras ser abandonada por el sargento que logró sacarte del Berlín frío de los ochenta.

Ya está. Aquí es donde termina todo. Arriba, en el escenario, entonas un lamento justo antes de arrancarte todos tus descosidos a tirones, destruyendo todo aquello en lo que te dejaste moldear con tal de alcanzar tu sueño, el amor, el rock, la plenitud. Nunca llegaron. Ahora, con unos atronadores acordes de fondo descuartizas el corsé que te da forma y los tomates que tomaste prestados como pechos después de años siendo alguien que no eres, conformándote con ocupar un lugar sin ni siquiera ser capaz de sentir alegría ni tristeza, de lograrlo o de cagarla, de existir, y la canción acaba y el público enmudece, y tú, arriba, en el escenario, te muestras en carne y hueso por primera vez.

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Ya está. Aquí es donde termina todo. Las luces se apagan y la sala parece desaparecer, pero las melodías del concierto de al lado se cuelan por entre el silencio en forma de murmullos y los escuchas, y los reconoces. Eres tú, o deberías serlo, pero la que un día fue tu canción ya no le canta al niño caprichoso que terminó enamorándose de ti y robándote tu obra más preciada. Es ese niño el que ahora te habla, suplicante, con el perdón y la esperanza en los labios, convencido de aquello que siempre has sido y deseoso de que vuelva a existir, porque él sabe, todos saben, que en el fondo nunca has necesitado nada más.

Ya está. Aquí es donde termina todo. En el medio del muro, en mitad del puente, siempre entre medias y sin pertenecer a ningún lugar, pero parece que eso empieza a ser suficiente. La sala se ilumina de blanco y te apareces como algo nuevo al recoger tus pedazos y ensamblarlos a tu imagen y semejanza, siguiendo el patrón que siempre tuviste y que nunca te dejaron seguir, y es que tras buscar tu otra mitad sin siquiera estar completa has acabado encontrándote a ti misma como aquello que tanto habías anhelado. Eres suficiente y así te muestras, completa, él, ella, más allá del bien y del mal, de todo y de nada, siendo el origen último de todo amor y todo dolor, que no volverán a depender de nadie. Trascendiendo entre las ambigüedades y los binarios que hasta ahora habían jugado a limitarte, siendo algo más. Viviendo. Existiendo. Eso es todo.

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Andrea
Andrea
andrea_cr_1994@hotmail.com

Mi vía de escape a los mandatos del estilo periodístico. Aquí me transmuto y me vuelvo personaje, actriz de puño y letra, para explorar un otro ficticio salido de la pequeña o gran pantalla.

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