Platón Black Mirror

07 Jul Platón: primer guionista de Black Mirror

Todos, para bien o para mal, hemos oído hablar de Platón, aunque cada vez vayan a ser menos. Algunos tuvieron que sufrirlo, otros flipamos cuando el profesor de turno, en mi caso (¿Santo?) Tomás, ese asceta rapado, explicó un soleado viernes a quinta hora el mundo de las ideas y la alegoría de la caverna. ¿Cómo era posible que Platón hubiese llegado a una teoría tan jarta y, lo peor de todo, que tuviese tanto sentido (cabe decir que dedicó el último periodo de su vida y obra a atar cabos para que todo cuadrase y aun así…)?

Alumno aventajado y apuntador de la obra del hippie Sócrates, fundador de la Academia de academias, abierta más de nueve siglos, y primera superestrella de la filosofía. Si bien le debemos mucho a su herencia, fundador del estudio y del método filosófico tal como lo conocemos, Platón debió de ser un tipo de lo más desagradable. Era ante todo un vendido, un elitista y un burgués: una suerte de Felipe González o Vargas Llosa del conocimiento; la antítesis de Diógenes el Cínico, el primer punk de la Historia. Así lo demuestran las anécdotas que ambos protagonizan: en el ágora, en el prostíbulo o, la más sonada, en la Academia, cuando soltó un gallo desplumado para rebatir que el hombre, según Platón, es un «bípedo implume».

Dejemos a un lado al personaje y centrémonos en sus aportaciones. Es cierto que gran parte del éxito del sistema filosófico platónico reside en su capacidad de adaptación. No olvidemos que el cristianismo, religión de esclavos según Nietzsche, se sustenta sobre su teoría de las ideas (depurada de lo que no gustaba, incluyendo su supuesta homosexualidad). Incluso Matrix parece basarse en ella…

Platón Black Mirror

Siguiendo con la desvirtuación, no me parece descabellado afirmar que Platón fue el primer guionista de Black Mirror. Él, por supuesto, no lo sabía. Ni esto ni toda la que lio. La cabecera del artículo pertenece a un capítulo todavía inédito de la segunda mitad de la tercera o, directamente, cuarta temporada de la serie británica creada por Charlie Brooker. Es curioso que se hayan tratado casi todos los problemas derivados de la tecnología y (aún) no el de los móviles.

Llevo tiempo asustado. Vivo en una distopía. Leo la prensa y mi preocupación va en aumento: más de dos tercios de la humanidad ya tiene un móvil y, según la OCDE, el 22% de los estudiantes de 15 años pasan, después de salir de sus centros, más de seis horas al día enganchados a internet. No quiero activar el modo cascarrabias de Javier Marías, pero creo que nos vamos a la mierda (al teclado un exadicto desintoxicado). Veo a la gente sonriendo por la calle. Genial. La cosa es que no miran a su alrededor, ni siquiera cuando cruzan; sólo al móvil, aislados con sus auriculares. Voy de frente, contra ellos, cual don Quijote embistiendo molinos. Quiero comprobar si son alucinaciones. A veces se apartan y piden perdón, otras veces siguen impertérritos, en algún caso frenan en seco.

Creo que la teoría de las formas o de las ideas puede explicar bastante bien el fenómeno de los móviles e internet. Recordemos, a grandes rasgos, que se basa en una división entre el mundo sensible, la realidad aparente, y el inteligible, donde se encuentran suspendidas las ideas, individuales, inmutables y eternas; en este mundo se crean las estructuras que servirán de modelo en el otro para reproducir cosas físicas e imperfectas. Salvando que en mi conjetura el mundo sensible es reflejo del mundo inteligible, el resto parece encajar con nuestro día a día: vivimos en un mundo horrible, donde todo cambia, y tenemos ojeras, estrías, celulitis y gafas, pero podemos acceder a otro, Instagram por ejemplo, al que subimos nuestra versión perfecta, ideal y bella, que, una vez en la plataforma, y salvo que la borremos, permanecerá fija en la red, eterna e inmutable.

Parece que el cabrón de Platón no sólo la lio pardísima dando una posible explicación del mundo virtual, sino que también nos ofreció la interpretación inversa como solución para no caer en la red. Para ilustrar su teoría, tiró de metáfora: la alegoría de la caverna. Para refrescaros la mente, una imagen cutre que resume mil palabras:

Platón

Nos hemos dejado convertir en prisioneros y, a partir de ahora, todos nacerán siéndolo. Las cadenas son invisibles y nos atan por los ojos y dedos: no podemos mirar hacia otra parte. El muro es, claro, el de nuestra habitación. El fuego de la hoguera se ha convertido ahora en electricidad. Las personas que portan las figuras pueden variar, dependiendo de nuestro grado conspirativo: desde empresas publicitarias hasta grandes lobbies, pasando por gobiernos omniscientes.

Liberémonos, salgamos al mundo exterior: una realidad más completa, que es causa y base de internet. El camino para salir de la habitación no será fácil, pero merecerá la pena ver el sol con nuestros propios ojos y no mediante Google Images, aunque sólo sea por sintetizar un poco de vitamina D. Podremos volver luego, con gafas de sol para que no se rían de nosotros. Y si no quieren acompañarnos a hacer un pícnic, pues que les jodan. Eso no quita que estemos liberados de las cadenas, que podamos entrar y salir a nuestro antojo para utilizar con la cabeza (y no a cabezazos) internet y, de vez en cuando, echar unos fifas.

¿Es esta la solución definitiva? Lo desconozco (“Sólo sé que no sé nada”). Mi receta: al igual que con el cristianismo, rompamos las cadenas, dejemos a un lado ese perfecto y prometido mundo de las ideas, que no las ideas en sí. Salgamos al parque a leer; empapémonos de Platón, de los que le antecedieron y siguieron; leamos, también a Vargas Llosa, Javier Marías y, por qué no, Pérez-Reverte, aunque sus académicas americanas de pana hayan cogido polvo; pero, sobre todo, pidámosle a Zuckerberg, como Diógenes a Alejandro Magno, que se aparte para disfrutar del sol.

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Mateo Pierre
Mateo Pierre
mateo.pierre@gmail.com

Me dedico a jornada completa a la digresión. ¿Cómo no, si en su interior cabe, por lo menos, un imperativo, un reto, un adjetivo litúrgico, un primate, un orificio, una pregunta disyuntiva? Quería escribir algo simpático, pero mencioné un primate y me fui con él por las ramas. Esto es la prueba de ello.

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