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24 May Sense 8 | Naturalizando el digital

Año 2017. Han pasado casi tres décadas desde el desarrollo de la World Wide Web. En estos momentos, la red informática mundial rebasa cómodamente los tres mil millones de usuarios, dos tercios de los cuales participan activamente en las redes sociales, que aumentan su alcance de manera exponencial con un millón de nuevos usuarios cada día. El intercambio de información que se produce a través de esas redes es, además, inabarcable. Tan solo entre Facebook y whatsapp se generan más de sesenta mil millones de mensajes diarios, al tiempo que Google, el principal motor de búsqueda –pero no el único, ni mucho menos–, registra alrededor de cien mil millones de búsquedas mensuales, de las cuales más de la mitad se realizan a través de un dispositivo móvil.

Estos son tan solo unos pocos ejemplos concretos de los muchos datos que podrían emplearse para intentar explicar el alcance, la influencia y el grado de penetración que caracterizan hoy en día a la informática y las telecomunicaciones. La digitalización de las identidades y de sus interacciones es ya una realidad innegable a pesar de los escépticos, a pesar de los catastrofistas. Gente empeñada en oponerse al digital desde una irracionalidad enraizada en el más casposo de los romanticismos, atribuyéndose la superioridad moral de añorar un pasado que, de hecho, jamás ha existido, y es que la comunicación nunca ha tenido el potencial cuantitativo y cualitativo que posee en estos momentos. Todo ello en un intento por invalidar la realidad digital como espacio, tiempo y contenido con el pretexto de su artificiosidad, como si las redes sociales convencionales hubieran sido dadas por naturaleza, como si las redes sociales digitales no fueran un paso igualmente lógico del progreso social.

Hace tiempo que las hermanas Wachowski tomaron posiciones en este debate utilizando la informática como herramienta válida para dar forma y contenido a gran parte de su filmografía. Con Sense8, los cineastas proponen un nuevo enfoque para combatir el conservadurismo tecnológico: La naturalización del mundo digital. La serie introduce características propias de las comunicaciones digitales en la biología humana a través de sus protagonistas, los sensates (Homo sensorium), que se vuelven capaces de trasmitir flujos de información ilimitada sin barreras espaciotemporales a través de conexiones establecidas entre dos o más usuarios a la vez, incorporando el potencial de las redes sociales y los intercambios informáticos de datos a la experiencia vital analógica.

Pero la apuesta de las Wachoswi va más allá. No solo legitiman los flujos digitales de información fáctica, sino que al mismo tiempo validan los flujos emocionales que se producen en el espacio digital. Los sensates tienen en sus mentes la capacidad de albergar e intercambiar sentimientos, así como de generar otros nuevos a través de la comunicación con sus semejantes. Lo hacen a través de una red paralela en la que los límites del mundo convencional pierden valor. Las barreras temporales, espaciales y sociales que rigen por imposición más o menos consciente la comunicación analógica se derrumban para dejar paso un abanico inmenso de sensaciones que se viven en su máxima expresión sin ningún tipo de atadura, sin ningún tipo de culpabilidad, y que desembocan irremediablemente en la más honesta de las empatías. Cuando esto sucede en pantalla, Sense8 se convierte una producción magistral.

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De esta manera, los directores de la serie demuestran haber interiorizado la tesis propuesta por Mamoru Oshii en la primera Ghost in the Shell. En ella se plantea la generación de una inteligencia artificial autónoma a partir de un agregado de datos informáticos, un ente digital con consciencia de sí mismo y sin necesidad de estar contenido en un cuerpo, capaz de relacionarse con su entorno traspasando las barreras espaciotemporales convencionales y que aprende de todo aquello que experimenta en la red que lo contiene, que se demuestra tan válida como el mundo convencional analógico. De la misma manera, los sensates son capaces de vivir, aprender y sentir a través de su red de comunicación alternativa a medida que se familiarizan con ella.

Si en Ghost in the Shell se plantea la validez de la inteligencia artificial como ente, en Sense8 se acepta por completo hasta el punto de naturalizarla en los sensates. Lo que en la película de Oshii aparece como un paralelismo entre lo biológico y lo artificial, entre el ADN y el núcleo celular y los datos informáticos y los discos de almacenamiento, se difumina en la serie de los Wachowski; Homo sapiens y Homo sensorium comparten la misma biología.

Eliminada la distinción entre el origen biológico o tecnológico, ¿de dónde proviene pues el rechazo y la persecución que sufren los protagonistas a lo largo de la serie si no es del miedo a la diferencia? Ese mismo miedo que corroe a los románticos que continúan atascados en el “cualquier tiempo pasado fue mejor”. Ese mismo miedo que deja en evidencia a los moralistas de turno empeñados en pregonar la superioridad de cualquier interacción producida cara a cara, por nimia que sea, frente a la más enriquecedora de las conversaciones mantenidas gracias a internet. Todo por el mero hecho de hacerlo a través de una pantalla.

 

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Andrea
Andrea
andrea_cr_1994@hotmail.com

Mi vía de escape a los mandatos del estilo periodístico. Aquí me transmuto y me vuelvo personaje, actriz de puño y letra, para explorar un otro ficticio salido de la pequeña o gran pantalla.

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