Siempre mueren los soñadores

28 Mar Siempre mueren los soñadores

Oh Joe, ¿has estado alguna vez en Colorado? ¿No? Existe allí un lugar magnífico, muy hermoso. Hay álamos y pinos gigantescos que cubren cientos de acres. La luz del sol  casi no puede penetrar ni llegar hasta el suelo por la vegetación que hay. Justo en el centro de ese lugar, oculto a la vista de todo, hay un lago. Joe, no te haces una idea de lo claras y puras que son sus aguas; es como si Dios hubiera puesto en ello un empeño especial .

Lo conocí a los diez años. Me llevo mi padre como regalo de cumpleaños. Vivíamos a  dos horas de allí, y durante el viaje mi padre me dijo: “ Busty, quiero que me jures que  nunca le contarás a nadie cómo llegar al sitio al que vamos”. Pasamos todo el  fin de  semana pescando carpas y peces gato, sin apenas esforzarnos, prácticamente los peces saltaban a tus manos sin tirar la caña. Fue maravilloso, el mejor momento de mi vida. Mañana, cuando escapemos de aquí, tengo pensado subirme al primer camión que vaya en aquella dirección. Luego conseguiré llegar por mis medios hasta ese lago, y me pondré a construir una cabaña, que es donde pienso pasar el resto de mi vida. No imagino mayor felicidad.  Allí me encontrarás si me buscas, Joe. Pero no pienso romper el  juramento que le  hice a mi pobre viejo: no le diré ni a ti ni a nadie dónde está ese lago. Sé que no te lo tomarás a mal y que seguiremos siendo amigos para siempre como lo hemos sido aquí dentro. Los mejores amigos, que dejarán a estos carceleros con un buen palmo de narices. Puedes confiar en que siempre tendré una cerveza fría guardada para ti, Joe.

 

Sabemos que en las películas, poco después de que el personaje (un secundario que suele ser bonachón, algo inocente y desvalido) haya pronunciado este tipo de diálogo, morirá irremisiblemente ante nuestros ojos. Probablemente por una ráfaga de metralleta de los guardias, cuando la fuga esté a punto de culminar, sacrificándose para salvar a su vez la vida de su amigo Joe, el carismático protagonista. Es el personaje que siempre sucumbe por la fatal necesidad que la historia tiene de alimentar nuestra sentimentalidad, de ponernos el corazón en un puño y esas cosas que tanto nos han gustado desde que nuestra especie aprendió a contar historias. Escalofriarnos, conmovernos. ¿Es este un vestigio más del polvo de estrellas del que procedemos o algo que hemos adquirido culturalmente con el transcurso del tiempo? Me refiero a la simpatía con el caído y el vilipendiado, el soñador, que sueña precisamente abriéndole una brecha a la realidad en dirección, pongamos, al firmamento. Nos gusta mucho esa gente. Pero es curioso, porque podemos ser a la misma vez carceleros. O los precisos proyectiles de sus ametralladoras. Somos agentes o instrumentos de destrucción. Si la ocasión lo requiere.

Lars Von Trier, que ha escogido sistemáticamente a estos personajes lastimosos para encumbrarlos al estatus protagónico (lo cual no les ha deparado mejor fortuna), dice que se retira del cine, que ya no puede más. La verdad es que cualquiera en su lugar acabaría igual de agotado después de pasarse toda una carrera maltratando de manera inmisericorde a sus criaturas. Diseñando dramas desde una sala de despiece, como él lo hace, parece ese tipo de persona que se coloca a la sombra del semáforo un sofocante día de verano, y que espera a que alguien tropiece con el adoquín suelto (en Copenhague todavía quedan calles adoquinadas, parece ser) que solamente ha advertido él. Y cuando esto ocurre y la persona trastabilla intentando mantener el equilibrio para no caer, hace como que mira hacia otro lado, pero goza con espumarajos, en realidad, al ver el sobrehumano esfuerzo del transeúnte por mantener el decoro y la dignidad. Von Trier ha sido siempre un dinamitero vocacional. La clase de creador que necesita como la vida vociferar desde mundanos púlpitos: ¡Eh, hazme caso! ¡Te ofrezco rebelión! Y le hicimos caso. A él y a otros parecidos. Pero nuestra capacidad de atención no ha hecho más que disminuir en los últimos tiempos, generando una indolente iconoclastia; sin querer queriendo, que se dice, le vamos dando de lado, entre otras cosas, por pelmazo. De acuerdo, te hemos comprado la rebelión que nos ofrecías, pero hasta ahora no ha saltado nada por los aires, farsante. Quizá sólo nuestra paciencia. Dos décadas  y pico siendo el enfant terrible oficial del cine nos ha terminado cansando a ambas partes.

Y así, le estábamos olvidando tranquilamente cuando se nos descuelga diciendo: me siento como una mierda. Tengo mucha ansiedad. Creo que me estoy haciendo demasiado viejo. Y ahora que parece querer desertar de su oficio de soñador de crímenes, ha pasado de su proverbial ensoberbecimiento a encarnar a ese arquetípico ser humano secundario con mala pata que nos llega al alma. Nos apetece de nuevo saber de él porque se ha transformado en uno de sus personajes.

Es bastante posible que estemos ante una de sus conocidas ocurrencias cuyo afán sea recuperar la atención perdida o distraída -en esto es un maestro-, pero cuidado con la pena que la carga el diablo; somos tan aficionados a la compasión como lo somos a la defenestración, y tú lo sabes bien, estimado Lars. Mala señal  es que los sueños, y en concreto los que más se anhelan, abandonen el envase que los contiene, quizás porque no pertenecen demasiado a este mundo. Por eso tal vez no fuera malo que el danés pare y desaparezca sin avisar una buena temporada. Una temporada en una cabaña junto a un lago, cerca de un pueblecito llamado Dogville, allá en las lejanas y solitarias montañas de Colorado.  

¿Te ha gustado? ¡Comparte!
Share on FacebookShare on Google+Tweet about this on Twitter
Jose Antonio Montero
Jose Antonio Montero
joseapmontero@gmail.com

Servirse a discreción las cosas irracionales. Pensar en ellas, hablar de ellas, reírse de ellas. Es mi forma de prudencia ante lo tonto y lo atroz, y mi manera de exigirle a la mortalidad un poco de infinito. Actualmente asintomático.

No Comments

Post A Comment