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28 Jun Sobre pitidos a himnos e hijos de puta

“El himno simboliza la unión de todos no respetarlo es ofender gratuitamente a quienes lo sienten con orgullo”.

El GM de la Benemérita escribía esto al calor de la polémica sobre los pitidos al himno en la final de la Copa del Rey entre el Alavés y el Barcelona. Según parece, una de las instituciones del Estado Español defiende que el himno simboliza la unión de todos los españoles. Sin excepción. ¿Seguro?

Dudo mucho que el himno de España represente a todos los españoles. No por su melodía, su falta de letra o su historia –bueno, quizá esto tenga más influencia– sino porque no puede existir un símbolo que todos los españoles sientan como suyo. El himno, desde luego, representa al Rey, al presidente del gobierno y a todos y cada uno de los personajes que ocupan el palco presidencial. Esto es, la crème de la crème del Estado Español. Representa a las élites, a la monarquía… Recuerda a la transición, al pasado rancio del que nos queremos deshacer y, para muchos, representa la negativa a ejercer su derecho a decidir. Admitámoslo, muchos no quieren –queremos– estar bajo el mismo paraguas que el rey. Sí, ambos somos españoles, pero cada uno representa su españolidad como quiere. Cada persona, cada colectivo, crea sus propios símbolos que, a su vez, representan su relato, su historia.

Dudo mucho que ningún catalán o vasco pitara, por ejemplo, el Himno a la Libertad de Labordeta si fuera el himno español. Esta canción, tan española como cualquier otra, crea un relato de país que roza lo utópico, planteando unos lazos de fraternidad y una idea de país basada en la libertad que, a mi parecer, encarna los deseos y aspiraciones de gran parte del pueblo español, catalán y vasco. Gran parte –insisto– y no todos, porque eso sería imposible y peligroso. ¿Acaso se puede forzar a alguien a sentirse representado por un símbolo concreto? En absoluto. Como mucho, se podría convencer a esa persona con, quizá argumentos sobre su legitimidad, historia… O, también, es posible utilizar la sutil persuasión del eurodiputado vasco del PP Carlos Iturgaiz:

“Yo también quiero ejercer mi libertad de expresión para decir a todos los que han pitado el #HimnoNacionalEspaña que son unos hijos de puta”.

Y es que, ¿por qué una persona pita el himno de un país? O, en este caso, ¿por qué pita el himno de, en teoría, su propio país? Muchos de los argumentos en contra de pitar el himno se inclinan por el respeto y la educación. Muchas personas se pueden sentir ofendidas cuando pitan el himno de su patria, desde luego. Pero, ¿estamos asumiendo que aquellos que pitaron el himno español pretendían ofender a burgaleses, cántabros y extremeños? Y si no es así, ¿a quién quieren atacar con sus pitidos?

Aitziber Ibaibarriaga, portavoz de EH Bildu en el Ayuntamiento de Bilbao, lo tiene claro: “El Rey, ese señor que nos han impuesto, si va al campo del Barcelona y recibe una tremenda pitada, tendría que reflexionar por qué no es bienvenido en Cataluña ni en Euskadi. A mí, desde luego, no me representa”. Al fin y al cabo, es la Copa del Rey. No la Copa de España o del presidente de la República, sino del Rey. Puedo comprender por qué buena parte de los españoles –incluyendo familiares y amigos– se sienten ofendidos con los pitidos. A mí, personalmente, no me afecta en absoluto, porque como he dicho cada persona se siente representada por símbolos diferentes y a mí me gustan otros. Y sí, me jodería si alguien pitara el Himno de Riego o quemara una bandera republicana. El pitido es, en mi humilde opinión, un ejercicio de libertad de expresión con el claro objetivo de denunciar una realidad social tanto en Euskadi como en Catalunya. No obstante, esto no se percibe así en todos lados, dando lugar a insultos, odio y rechazo a lo largo y ancho del Estado Español.

Pero, en cualquier caso, creo que es conveniente repasar la historia de pitadas a himnos en España. No solo ha ocurrido en partidos de Copa entre equipos vascos y catalanes. La clasificatoria al mundial de 2014 enfrentó a España y Francia en el Vicente Calderón. El público español tarareó el himno sin letra patrio sin ningún tipo de problema. No ocurrió lo mismo, por el contrario, con el himno francés. Miles de personas – o más bien hijos de puta, según el eurodiputado del PP– faltaron al respeto al país vecino –insultando al símbolo del orgulloso pueblo francés de manera gratuita– y, además, en una cita de notable importancia y presencia mediática internacional como es un partido clasificatorio para el Mundial.

¿Merece el himno francés menos respeto que el español? No lo creo. ¿Pitaron los aficionados españoles el himno de Francia porque odian a Francia y a los franceses? Espero que no. Personalmente, lo dudo mucho. Francia mola y los franceses aún más. Quedamos como el culo, pero estaban en su derecho. Libertad de expresión, dicen. Yo, personalmente, no les llamaré hijos de puta. Además de ser un insulto que apesta bastante a heteropatriarcado creo que, si lo hiciera, no les convencería jamás. Por el contrario, me alejaría más de aquellos cuyo comportamiento no me ha gustado.

Hace ya muchos años, el escritor norteamericano Allen Ginsberg fue preguntado sobre la Guerra Fría. Un contexto de odio entre el pueblo soviético y el americano.

A Ginsberg le extrañaba algo. ¿Por qué un granjero de Nebraska puede odiar a un obrero de Leningrado si nunca se han conocido? Para él, la única solución era la “revolución de las mochilas”. Fomentar los viajes de los ya famosos mochileros de ambos países, promover el intercambio cultural entre jóvenes, adultos y mayores para que se den cuenta de que lo que les diferencia es mucho, muchísimo menor que todo lo que les une por el mero hecho de ser humanos. Afortunadamente, Catalunya, España y Euskadi no pillan tan lejos. ¿Y si cogemos la mochila y viajamos un poco?

 

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Carlos Léaud
Carlos Léaud
carlosgonzalezsope@gmail.com

Escribo borracho. De lo que sea.

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