Susana Díaz

22 May Susana Díaz o la cinefilia deshonesta

Sucede con frecuencia que la percepción nos engaña. Lo recordamos con claridad: la pantalla brillaba de forma especial bajo el embrujo de aquellas imágenes; un fulgor que, evocado ahora, desde lo lejos, concebimos todavía como inmanente a ellas, incuestionable. Y entonces, la caída: es en la revisión cuando, tantas y tantas veces, aquel babeo infantil se torna en sopor, ceño fruncido, desengaño. Lejos del fulgor, el televisor bosteza: ya no queda nada de aquello que nos miró dentro de chiquillos. Las imágenes han envejecido; parecieran, pensamos, una parodia de sí mismas. Ni rastro de embrujo alguno: aquel slasher que nos obligó a abrazar, angustiados, al osito bajo las sábanas durante varias semanas, se revela ahora como una triste bufonada involuntaria.

¿Hemos crecido? ¿O es, en el fondo, consecuencia de una impostura?

Quizá algo tenga que ver con el hecho de que, desde que Antonioni llegó a nuestras vidas, Burton fue expulsado sin piedad por la puerta de atrás. Pareciera que Kurosawa, que Saura, que Polanski, hubiesen perpetrado a conciencia, con auténtica sangre fría, el asesinato de Gilliam, de Spielberg, de Cameron. Inintencionadamente, contra todo pronostico, conocer nos obligó a renegar: nos volvió selectos, detractores de aquellos que, en su día, nos abrieron la puerta, atándonos de pies y manos frente a la pantalla. Síndrome, claro, de Estocolmo: chiquillos ciegamente enamorados de aquellos, nuestros primeros cineastas captores.

Hoy, sin embargo, renegamos de ellos con supuesta sabia; hablamos pestes sobre sus últimas películas; disfrutamos masacrando a Nolan si la ocasión lo merece. El criterio, suponemos, ha llegado para quedarse: no dejaremos que Bergman se nos escape jamás. Así es que olvidamos nuestra procedencia humilde, de cinéfilo obrero, y señalamos suciamente con el dedo, desde nuestro asiento en bussines, a aquellos que, a nuestros ojos, pierna cruzada y ‘Ulises’ de Joyce en mano, son meros cineastas sin visión.

Después, ya en casa, ya solos, tras la cena, surge la duda: Tarkovski o Raimi. Sacrificio o Terroríficamente muertos. La hora de la verdad.

Y entonces, solo entonces, se nos cae la careta de vergüenza.

Peores que Susana Díaz.

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Pelayo Sánchez
Pelayo Sánchez
pelayozizu@hotmail.com

La higiene semanal. Champú, gel, esponja, exfoliante, cuchilla, cortauñas, roll-on y mejunjes varios: una ducha a la semana para evitar que el mundo siga oliendo tan fuerte.

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