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06 Jun De cuando Terry Gilliam nos enseñó que es mejor pedir perdón que pedir permiso

Diecisiete años de su vida le ha costado a Terry Gilliam romper finalmente la maldición y rodar del tirón The Man Who Killed Don Quixote. El pasado domingo 4 de junio lo anunciaba a través de su cuenta de Facebook tras nueve semanas de rodaje, 16 millones de euros de presupuesto invertidos y algún que otro problema legal con el portugués Paulo Branco, anterior productor del proyecto. Porque demasiado raro hubiese sido que lo consiguiera sin que se interpusiera ningún incidente después de sufrir, a lo largo de todos estos años y tras varios intentos, todo tipo de adversidades: actores que enfermaban o se caían del proyecto, problemas económicos, diferencias con el equipo técnico y hasta desastres naturales. Ahí es nada.

Leer este tipo de noticias me hace reflexionar y darme cuenta de que hay personas por el mundo poseedoras de una cabezonería tan inquebrantable que, con tal de conseguir cumplir sus sueños u objetivos, son capaces de enfrentarse a cualquier catástrofe con una perseverancia admirable, y eso me llena de motivación y me hace sentirme fatal conmigo misma a partes iguales.

Muchos consideran a Terry Gilliam un ejemplo de cómo no hay que hacer nunca las cosas en el cine, sobre todo después de echar un vistazo a Lost in La Mancha, un documental dirigido por Keith Fulton y Louis Pepe (2002), en el que podemos ver claramente lo desastre que es como director y lo hasta las narices que acabó todo su equipo tras intentar rodar la película, nuevamente sin éxito, en el año 2000.

Sin embargo, a pesar de lo caótico e irresponsable de su método de proceder, yo encuentro en él, precisamente, el perfecto ejemplo de la actitud que deberíamos tratar de tener todos a la hora de enfrentarnos a cualquier problema: hacerlo con una tozudez loca, se nos ponga lo que se nos ponga por delante. Esta es la filosofía de vida que siempre he intentado aplicar a todo lo que me parece lo suficientemente importante, pero mentiría si dijera que no me he llevado más porrazos y disgustos que alegrías. Además, ser testaruda tiene un gran inconveniente: resulta agotador, sobre todo si lo aplicamos a las relaciones personales, a esas en las que la testarudez de una misma es lo único que se mantiene en pie tirando del carro.

Pero, aunque al final nos demos ese palo que nos hace arrepentirnos del tiempo malgastado, personalmente prefiero mil veces terminar cualquier situación con esa sensación que con la que provoca el desconocimiento de no intentarlo, el «y qué hubiese pasado si llego a seguir intentándolo», o dicho en palabras del propio Terry Gilliam en referencia a la odisea que ha supuesto rodar esta película: «Don Quijote es un soñador, un idealista y un romántico, decidido a no aceptar las limitaciones de la realidad, avanzando sin importar los contratiempos, como hemos hecho nosotros desde el comienzo de la producción. Hemos estado trabajando en esto durante tanto tiempo, que la idea de terminar de rodar esta película es bastante surrealista. Cualquier persona sensata habría renunciado hace años, pero a veces los cabezotas soñadores ganan al final.»

Para mí, nunca un topicazo en la línea más moñas de Mr. Wonderful ha resultado ser tan real como este, qué queréis que os diga.

 

 

 

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Elena Valverde
Elena Valverde
elenavalverdesanchez@gmail.com

Me gustan mucho las croquetas y me gusta sacarle fotos a todo, como los japoneses. Bailo mucho. Y me gusta quejarme de vez en cuando, eso también. Dicen mis amigos que buenos consejos vendo, pero que los ponga en práctica yo es otra historia. No sé montar en bici, ni pelar bien una manzana y tampoco tengo el carnet de conducir; pero me salen genial los Cola Caos. Y estarás pensando, ¿y a mí que me cuentas? Normal.

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