Reyes Magos

03 Jul Tu verás

Hace un par de semanas, un colega, en la terraza de mi piso, aquí, en Barcelona, a media noche, envuelto en vino y cerveza y un poquito de hachís, sacó inesperadamente a relucir una anécdota de su infancia, un cuentito que, en aquel momento, creí cojonudo y no perdí un segundo en apuntar, temeroso de olvidarlo y no poder, como sigo creyendo se merece, dar cuenta suya aquí, en Lok, en este artículo de despedida. Un relatito de no-ficción, podría decirse; una pequeña fábula en tres actos articulada como un pedazo de niñez que conducía finalmente a una catarsis poderosa, inexorable.

Paso a reconstruirla.

Resulta que, allá en el cole, a la edad de cinco o seis años, el chiquillo se topó con un profesor anarquista; un tipo joven, agradable y bastante culto que despertaba en él, según nos dijo, una cierta admiración. Un día, en una de sus cátedras, el maestro en cuestión, que tendía a dejarse llevar por los discursos largos, reflexiones la mitad de ellos que le surgían durante el transcurso de las clases, se fue de la lengua muy a su pesar: Pero bueno, ya sabemos que los Reyes Magos no existen, señaló, despreocupado ante la obviedad del asunto. Claro, porque: ¿quién podría no saber aquello? Silencio sepulcral en el aula. Un par de críos, segundos después, derramando lágrimas; el profe, el anarca, con el semblante colorao, consciente de la metedura de pata, tratando de sacarse, con evasivas y sin éxito, aquella camisa de once varas.

De vuelta a casa, mi amigo, mirada fija en el parabrisas, siente la necesidad de preguntárselo a su madre: Mamá, ¿es verdad que los Reyes Magos no existen? Es que nos lo ha dicho un profesor esta mañana. Mamá traga saliva y echa, supongo, un ojo al retrovisor, evitando parecer sorprendida: Hijo, dice. Otro vistazo al retrovisor, pongamos. Los Reyes Magos existen si tú crees en ellos. Boom.

Total que, días después, a la hora del recreo, mi coleguita y un coleguita suyo comentan concienzudos el tema, ciertamente preocupados, prefiriendo despejar dudas que jugar a la pelota. El otro chiquillo ya lo tiene claro: A mí mi madre me ha dicho que es verdad, que los Reyes no existen; que son ella y mi padre los que juntan algo de dinero a final de año para comprarme los regalos. Asunto solucionado.

Pasan los meses. Últimas semanas de curso. Mi colega, traguito de vino para aclarar la garganta, nos habla de aquella, otra de sus profesoras: una tipa emperifollada con el himno del Partido Popular como politono en el teléfono móvil que, a modo de despedida, manda a los chavales sacar un folio y escribir una redacción breve sobre lo que han aprendido a lo largo del curso. Al rato, leyéndolas, la profe, la conservadora, se topa con algo que, imagino, la perturba tremendamente: un alumno asegura no haber disfrutado del año lectivo porque aquel tipo, el anarquista, ha perjurado en una de sus clases que los Reyes Magos ni existían, ni existen, ni existirán jamás. La mujer levanta la vista del papel y, colérica, pega un golpe en la mesa; el auditorio enmudece. Y ella, mirando al frente, con el sol de cara, imagino, dicta sentencia: En mi clase, LOS REYES MAGOS EXISTEN. Y, entonces, vuelta a empezar.

Nos levantamos, recogimos las latas de birra y entramos en casa. Ellos se aposentaron en el sofá, buscando algo en YouTube. Yo, antes de apagar la luz, cerré la puerta de la terraza despacio, borrando mi sombra del suelo, dudando, por primera vez en mucho tiempo, de si tal vez debía dejar fuera, antes de acostarme, un plato de agua para los camellos.

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Pelayo Sánchez
Pelayo Sánchez
pelayozizu@hotmail.com

La higiene semanal. Champú, gel, esponja, exfoliante, cuchilla, cortauñas, roll-on y mejunjes varios: una ducha a la semana para evitar que el mundo siga oliendo tan fuerte.

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