Racismo

20 Abr Un niño llamado Carlitos

Hace unos días una mujer –una de las grandes– me habló de Carlitos, un niño de unos cuatro años, alto para ser tan pequeño, tan rubio que podría pasar por alemán y firme en sus convicciones para no saber nada –aún–. Carlitos, a quien le gusta mirar a los ojos casi sin pestañear para demostrar autoridad, necesitaba una nana que le cuidase un par de horas a la semana mientras sus padres –gente de bien– hacían cosas importantes. Según me cuenta esta mujer –la grande–, la nana que tenía antes tuvo que partir a su frío país, por lo que ella asumió el papel.

Una vez se conocieron Carlitos empezó a esquivarla. Al llegar a casa ni la saludaba; cuando ella iba a recogerlo después de la escuela para ir a merendar al parque donde iban el resto de los niños de bien con sus nanas, el pequeño evitaba que le viesen con ella y decía: «mejor vámonos», le cogía la mano y corrían hacia un lugar oculto. Un día, mientras merendaban en casa a salvo de los ojos ajenos, Carlitos le preguntó: «¿Por qué tienes las manos de ese color?»; sin embargo, no había suciedad en las manos de la mujer y tampoco había estado pintado. El pequeño, no contento con el silencio y viendo que lo que comían era especialmente sabroso, se atrevió con otra pregunta: «¿En tu país también coméis estas cosas?».

Resulta que la nueva nana es negra, colombiana y de la costa, y Carlitos, niño de bien –con una educación poco diversa–, estaba acostumbrado a que sus nanas fueran blancas y rubias, como él. Al verse de pronto al cargo de una mujer que percibía como diferente se sentía avergonzado y tan incómodo que hasta evitaba darle dos besos al verla. Cuando esta mujer –realmente grande– me contaba lo ocurrido, no podía creer que a estas alturas de la historia, un niño de cuatro años, que apenas ha sido capaz de desarrollar su propia conciencia, sí que haya desarrollado una perspectiva racista tan marcada. Y lo peor no era esa intolerancia que algunos considerarían inocente, sino que esa mujer –enorme– no sabía cómo enfrentarse a la situación. Aquellas actitudes y comentarios despectivos le habían hecho sentirse mal consigo misma, elevando de nuevo un muro que lleva tratando de saltar desde que llegó a este país hace casi veinte años.

Mi reacción ante tal ignominia fue la propia de un cuerpo joven e inquieto: «Debes rebelarte, ya no estás para permitir estas cosas y menos de un niño malcriado». Pero esta mujer, sabia y templada, decidió actuar por su cuenta. No sé qué es lo que habrá hecho, quizás ella –ya que sus padres parecen tener mejores cosas que hacer– le explicase que el color de la piel no influye en el ser de una persona; quizás tan solo le hiciera las mismas preguntas que él formulaba para que entendiese el sinsentido. La última vez que la vi me hizo entender que el pequeño Carlitos estaba abandonando su intolerancia pese a que siguiera con esa mirada tan fija.

Un niño, aunque actúe, todavía no entiende el racismo como la exacerbación de un sentimiento de superioridad de un grupo étnico, pero sí que es capaz de llevar a cabo la consecuencia: la discriminación y persecución de «los diferentes». En oposición a los instintos, el racismo es una posición que se aprende.

Decir «vas como un gitanto» es racista, decir «huele a negro» es racista y decir «cuidado, esos parecen moros» es racista. Así como lo es resaltar la nacionalidad de una persona en una noticia para fomentar la negatividad de un acto o que haya actores que interpreten un determinado papel solo por su etnia. Los ejemplos son infinitos y están tan integrados en nuestro imaginario que apenas somos capaces de identificarlos como discriminación. Esa es la base de la intolerancia.

La supervivencia de un sistema que excluye o desprecia a ciertos colectivos está en reducir al supuesto enemigo desde el interior. Si te hacen sentir diferente, más diferente crees que eres y de ese sentimiento se alimenta el fanatismo. Para construir igualdad se necesita educación, cultura y, sobre todo, conciencia. Solo así es posible que un cambio social se produzca y perdure mientras ayude a una nación a crecer en el plano de la igualdad. Esa conciencia supone adquirir un conocimiento detallado, exacto, sobre una realidad que se busca cambiar; requiere unión y representación.

La guerra contra el racismo lleva tanto tiempo activa que parece una constante. Puede que ya no haga falta un Martin Luther King para acabar con la segregación racial pero tampoco está todo tan bien como para solucionarlo con una Pepsi. Ahí está el problema de que se haya convertido en una constante: la frivolización. El pequeño Carlitos todavía puede cambiarse de bando. Con suerte, cuando crezca y sea simplemente «Carlos» empleará sus bienes para viajar, expandir su mente y derribar las fronteras que le hayan enseñado a alzar. Con más suerte aún, los padres se disculparán con esta mujer –la gigantesca– por ser la fuente de intolerancia del niño. Entretanto, habrá que seguir el camino hasta que no quede más carretera que andar.

¿Te ha gustado? ¡Comparte!
Share on FacebookShare on Google+Tweet about this on Twitter
Natasha Ortiz
Natasha Ortiz
natasha.martinortiz@gmail.com

Las letras, esas caprichosas y escurridizas figuritas que se van colocando de tal forma que parece que estás diciendo algo cuando lo único que haces es jugar con ellas. ¿Has visto? ¡Y ahora otra vez!

No Comments

Post A Comment