Un predicador me recogió en su coche

20 Mar El día que un predicador me recogió en su coche: miedo y asco en la carretera Austral

Llueve en Puerto Tranquilo. La Carretera Austral atraviesa este pequeño pueblo junto al Lago General Carrera, el mayor de Chile. El tráfico en el sur es escaso, y hacer autostop cada vez es más complicado. La temperatura es buena y el impermeable cumple su función, pero llevo dos horas bajo la lluvia y empiezo a cansarme.

Se acerca un Mitsubishi rojo. Levanto el pulgar y pongo mi mejor sonrisa falsa. Se detiene junto a mí y baja la ventanilla. “¿A Cochrane?”, pregunto. El conductor asiente y subo la mochila al maletero.

“Ten cuidado, llevo pollos”, me dice Orlando. Tiene 65 años, pero parecieran menos. Bajo la frente arrugada lleva unas gafas con el puente dorado, y junto a la palanca de cambios hay una Biblia de cuero. Del retrovisor cuelga un estandarte donde reza “Iglesia Evangelista Pentacostal”.

Lo primero que me dice, antes incluso de preguntarme mi nombre, es que somos idiotas por venir desde Europa con plata para hacer autostop bajo la lluvia. Algo de razón tiene, en realidad. Orlando, “Rolito” para los amigos (deja muy claro que yo no lo soy); recoge frecuentemente autoestopistas, los cuales le dejan el asiento apestando, porque nunca se duchan. Me cuenta que muchos a los que lleva son unos desagradecidos y después no le saludan por la calle. Ingenuo de mí, pienso que miente. Me pregunta que a qué me dedico, le digo que soy médico y comienza lo bueno.

-Yo no necesito ningún médico. No me gustan, no hacen falta. El que todo lo cura está vivo.

-¿Entonces yo para qué estudio?

-Para la gente que no tiene fé, como tú. Conviértete, y pídele que te enseñe a ser un buen médico.

Resulta que a Orlando, Dios le ha curado un cáncer de colon y otro de próstata, además de salvarle de un accidente aéreo y un naufragio. Orlando es un compañero de viaje complicado, en muchos sentidos. El coche avanza por la carretera de grava a toda velocidad, adelantando a otros, tomando las curvas por el interior, ignorando completamente si es su carril o el contrario. Por supuesto, no hay cinturones de seguridad, no hacen falta cuando se tiene fé.

-El Señor me habla, soy su mensajero, estoy aquí para difundir su Palabra. Ah, la Palabra Viva. Tienes que pedirle Fé al Señor, Carlos. Arrodíllate, arrodíllate y pídele Fé, porque Él todo lo puede.

Por un momento se me ocurre que quiere que me arrodille literalmente en el coche. Le explicó que me resulta complicado pedirle nada a algo en lo que no creo. Pienso en cuántas veces ha tenido esta conversación y en lo poco que le importa mi respuesta. Le pregunto, por curiosidad, si a Dios no le basta con que sea buena persona. Cometo un error fatal.

Orlando comienza a enumerarme la lista de gente que según la Biblia no entrará en el Reino de los Cielos: paganos, desviados, fornicadores, idólatras, engreídos… Una lista mucho más larga de lo que puedo retener. Según él, ningún católico entrará en el reino de los cielos, ya que todos son unos idólatras y unos mentirosos (a ver dónde dice en la Biblia que la Virgen María subió al cielo, qué es eso de pedirle que interceda por nosotros).

Quizás con ganas de avivar un poco el fuego, le pregunto por qué los “desviados” no van al cielo, si es una cuestión de amor y no de odio. Tras un par de sutilezas sobre lo abominable y antinatural de su condición, comienza a hablarme sobre Adán y Eva. Incrédulo, le pregunto si cree que esa historia es real, y me contesta que sí.

-Entonces, ¿usted no cree en la evolución, en que el hombre viene del mono?

-Pero, ¿qué tontería es esa, cómo el hombre va a venir del mono? ¿podría un mono construir este coche?

Los dos nos reímos. A pesar del chiste del mono, se nota que a Orlando comienzan a incomodarle las preguntas y cada vez levanta más la voz. Por el olor, podría decir que los pollos del maletero no van a llegar en el mejor estado, y la lluvia no permite abrir las ventanillas.

-¿Y qué me dice de los fósiles?

– Orlando me mira como si hablase en arameo.

– Los huesos, vaya; donde se ve el parentesco con los monos y esas cosas.

-Mira, yo solo creo en lo que viene en este libro- dice, señalando la Biblia-. Ésta es la Palabra Viva, y todo lo que viene aquí es verdad.

-Ahí también dice que la tierra es plana.

Orlando frena el coche. Afuera llueve y temo que en este mismo momento me toque volver a hacer dedo en medio de la nada.

-Ésta es la palabra viva, y todo lo que viene aquí es verdad- repite Orlando, gritándome-; y no necesito que nadie venga a decirme en qué tengo que creer, con teorías baratas, porque eso de la evolución es una teoría barata. Todo en el mundo moderno está pensado para que desaparezca la Fé.

El coche vuelve a moverse, y a pesar de no saber si ello me alegra, decido callarme el resto del viaje. A mí derecha, el río Baker confluye con las aguas blancas del Neff y seguimos avanzando rodeados de plantas que a mí me parecen prehistóricas.

-Arrodíllate, y pídele fé a Jehová. Arrodíllate, que Él te escucha.

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Carlos Vior
Carlos Vior
vdevior@gmail.com

Busco un corazón y una plaza de MIR. Aquí quedan las reflexiones que tengo cuando no debería.

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