Madrid

29 Jun Y luego vino Madrid

Imagen: fotosdeciudades.com

Cada vez que alguien me pregunta «¿de dónde eres?» mi cerebro entra en cortocircuito. Para cualquiera la respuesta es sencilla y automática: «soy de Cáceres», «vengo de Laredo», «natural de Puerto Rico». Pero yo no sé qué contestar. Mis rasgos físicos auguran un origen que no se corresponde con mi dialecto –que en ocasiones varía en función de qué y con quién–, lo que me lleva a una larga explicación sobre las raíces, la crianza y el crecer que desconcierta, pues lo normal en estos casos es tenerlo claro y sentir orgullo. Excelsa forma de limitación.

Mi nacimiento en Caracas un octubre de 1993, junto con las arepas y siete recuerdos –seguro modificados a lo largo del tiempo– son lo más cerca que estaré de sentirme de aquel país. La Colombia costeña, en cambio, lugar de nacimiento y acento de una gran mujer que, cada vez que había visita, cocinaba buñuelos con café, sancocho y patacones pisados con la salsa bien alta para que la comida tuviese mejor sabor, pasó a convertirse en una casa a la que siempre he querido volver. Oviedo, esa fría ciudad a la que llegué por la fuerza, donde vi la nieve por primera vez, se transformaría en el hogar al que siempre vuelvo. Y luego vino Madrid.

Madrid, la ciudad donde el calor asfixia y las heladas quiebran la piel. Una ciudad llena. Llena de gente, de contaminación, de ruido, de policía, de comida, de basura, de turistas, de manifestaciones, de pobreza. Mires a donde mires hay algo en cada rincón esperando a ser olido con curiosidad. Y claro, llegas de tu provincia a una gran ciudad y hasta el olor del metro te maravilla por su novedad.

Madrid es una gran acogida si vienes con los ojos abiertos. Aquí la gente se mueve por burbujas sociales, es decir, pompas que flotan –más o menos alto– en función del tipo de pensamiento que las gobierna. Tienes libertad de elección y cambiar de una a otra es sencillo si no te aferras. El problema aparece cuando te quedas mucho en una, pensando que las ideas y los excesos que la elevan son «la gran realidad», y subes, y vives, y no duermes, y respiras mientras solo piensas «joder, que Madrid no se acabe». Pero se acaba.

Madrid me ha dado espacio para leer entre el bullicio, dándome capacidad de abstracción y de escucha selectiva. Aquí he escrito textos bochornosos y alguna línea interesante. He pasado de comer solo guisantes a cocinar lentejas que sorprenderían a una abuela. Aquí he podido comprobar que las mejores fiestas se producen fuera de los locales, que cada semana hay algún evento, al que acuden actores de la vida que no salen en ninguna pantalla, donde la comida y el alcohol circulan como si todo sobrase, y que, de vuelta a casa, siempre habrá algún taxista dispuesto a escuchar penas para luego dar grandes consejos que olvidar al despertar.

Ahora que se me termina, Madrid me parece un gran vómito de recuerdos putrefactos que anticipan la nostalgia que sentiré dentro de unos meses. Recuerdos que veo como una película de domingo a la que no le presto demasiada atención mientras se me ocurren modificaciones de Óscar para el guión: estos personajes fuera, aquel diálogo con más dramatismo, que pase la noche en una casa ajena, en esta escena eliminaremos el exceso de soliloquios, etc. Sin embargo, a la mitad de la proyección me engancho y me quedo viéndola con gusto hasta que terminan los créditos.

Al final una es de donde deja sedimentos, no necesariamente de donde nace. De ahí la complejidad de la pregunta pues, en cuanto sales de tu cerco, te arriesgas al arraigo. Entonces dejarás de saber con tanta seguridad de dónde eres, cada vez que escuches esa pregunta dudarás más, y cuanto mayor sea el cerco más grande será la confusión de identidad. Pero, qué más dará de dónde venimos y adónde vamos. Yo he sido de Madrid y puede que vuelva a serlo.

¿Te ha gustado? ¡Comparte!
Share on FacebookShare on Google+Tweet about this on Twitter
Natasha Ortiz
Natasha Ortiz
natasha.martinortiz@gmail.com

Las letras, esas caprichosas y escurridizas figuritas que se van colocando de tal forma que parece que estás diciendo algo cuando lo único que haces es jugar con ellas. ¿Has visto? ¡Y ahora otra vez!

No Comments

Post A Comment